Era la noche para recorrer la ciudad en tu búsqueda, salir apurada del lugar en el que me encontraba, subirme a un auto extraño, sentir un poco de adrenalina, esa que se siente cuando sabes que vas atrasado a algún lugar importante. Pero en esos momentos la sentía porque iba a tu encuentro.
Estaba ahí sentada, escuchando a lo lejos la música de la radio que estaba a menos de 1 metro de mis oídos, pagué deprisa antes de que lo olvidara, y es que sólo pensaba en que me estarías esperando.
Decidí mirar por la ventana, creo que era algo así como otoño, a mi me gusta otoño, es el frío justo con el sol justo, no sé si a ti te gustaba otoño.
Veía luces, desenfocaba mis pupilas, o creo que era el efecto de mi disminuida agudeza visual y nunca me ha importado me permite hacer los desenfoques que tanto me gustan, aunque a ti siempre te traba de ver nítido, real, de cerca y de lejos con el mismo lente.
Llegaba con prisa, aún no salías de lo que fuese que estuvieses haciendo, había tanta gente ahí, me encontré con algunos conocidos, no era novedad, pero tampoco oportuno, yo me sentía con la necesidad de verte sólo a ti.
Y apareciste, en ese lugar tan frío en cualquier estación del año, tú y tu sonrisa, yo y mis ganas de llorar porque había tenido un mal día, tú me abrazaste, no recuerdo qué dijiste, pero luego me besaste y un poco de calma llegó a mi.
Necesitaba que estuviésemos en un lugar tranquilo para poder tener de esas explosiones verbales que se acompañan muy bien de lágrimas, quería que me escucharas.
Y lo hiciste, me contuviste como nunca pensé que lo harías, me abrazaste hasta que dejé de llorar, y no fue poco. No podía ni hablar, sentía rabia, pena, intranquilidad en el Ser.
Ay!, que fue fea esa noche.-
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